“Me siento, al recordar, como alguien que surge de la
niebla. Las horas pasaron rápidas hasta que lo llevaron,
antes de que pudiera darme cuenta de que aquello era
para siempre; y que después iba a empezar esto.”
Federico Peltzer, Compartida
La tarde languidecía suavemente en el linde del bosque. Había sido uno de esos soleados días de octubre con los que el verano se despide sin querer renunciar a su reinado todavía.
Hacía bastante más de una hora que estaba recostada sobre el pasto.
Sin embargo, no tenía deseos de moverse. El otoño estaba muy avanzado ya, soplaban vientos del Este, llovía cada vez más seguido y por las noches el frío y la humedad le helaban los huesos.
Por eso aprovechaba todo el sol de ese atardecer. Se estaba tan cómoda así...
No muy lejos de ella, retozaba su hijo. Suyo y de Julián.
¡Era tan parecido a su padre! Pequeño aún, pero saludable e intrépido.
Tenía apenas poco más de un año, pero ya demostraba haber heredado su fuerza, coraje e inteligencia.
Y su mirada, ¡ah!... su mirada. Esa forma que tenía de mirarla y esos dulces y grandes ojos del color de la miel silvestre... Eran los de Julián.
Eran los ojos de Julián padre, que la miraban a través de Julián hijo.
Y pensar que lo había conocido ahí, ahí mismo, en ese claro del bosque de hayas y robles, un día hermoso, a comienzos de la primavera más brillante y colorida que la región lindante al río Trent había visto en mucho tiempo.
Fue verlo y enamorarse, en el preciso instante en que sus miradas se encontraron y creyó perderse en las profundidades de sus ojos.
El se le acercó lentamente, con su porte majestuoso y un atisbo de sonrisa en los labios, cautivándola definitivamente.
Permanecieron en silencio un largo rato, contemplándose mutuamente.
Luego caminaron juntos hasta un arroyuelo no muy ancho que corría casi ahogado entre capuchinas, berros y prímulas silvestres.
Y descansaron sobre la suavidad de las fragantes hiervas que allí crecían, mientras las aguas se deslizaban rápidamente murmurando sus cristalinos secretos...
Un crujido la arrebató de su ensueño, y se incorporó bruscamente para descubrir de dónde provenía, lista para huir, de ser necesario.
Pero sólo era Julián hijo pisoteando las hojas secas, y ella pudo volver a recostarse para contener los desenfrenados latidos de su corazón y recobrar la calma.
Ese ruido aún la aterrorizaba, y no podía evitarlo, porque le traía a la mente terribles recuerdos de los tiempos en que estar vivos significaba huir constantemente, dormir poco y despertar sobresaltados ante cualquier susurro, permanecer escondidos días y noches enteros con el corazón en la boca y los nervios crispados por la tensión, tratando de no respirar para no ser descubiertos...
Y los perros, esos diabólicos animales entrenados para encontrar su pista y delatarlos ante los asesinos con sus ladridos, eufóricos por la recompensa que obtendrían a costa de sus vidas inocentes.
Era una pesadilla que parecía no acabar nunca y ella creía que ya lo había sufrido todo y que nada podía ser peor, hasta que en ese claro amanecer en que ella y Julián caminaban por el bosquecillo de encinas, se escucharon de repente ruidos de hojas quebradas y ramas rotas, ladridos y gritos y el horrible estruendo de un disparo que retumbó en lo profundo del bosque y en un instante todo se volvió sangre y confusión: el quejido de Julián, su amado cuerpo destrozado, la desesperación de la impotencia y el terror de saber que el peligro estaba cada vez más cerca, el miedo mortal que la tenía paralizada impidiéndole moverse y Julián empujándola para que huyera, mientras él se quedaba a enfrentar a esos hombres y ella corría como loca a través de los árboles.
Aunque esos tiempos habían pasado ya, el ruido de las hojas quebradas todavía la hacía estremecer.
Ahora que ya no se oían disparos y gritos, ahora que los perros y sus dueños se habían ido y había retornado la paz, los habitantes de los alrededores podían vivir tranquilos durante el día y dormir seguros por las noches, sin necesidad de huir ni esconderse para salvaguardar sus vidas.
Aquella noche, cuando descubrió que Julián no volvería, regresó a buscarlo, pero su cuerpo ya no estaba y a la tenue luz de la luna, ella pudo ver claramente el sitio exacto dónde había caído y el rastro de sangre que conducía fuera del bosque y aún más lejos, y que esos hombres no se habían molestado en cubrir.
Siguió el rastro hasta el límite mismo de los árboles y se detuvo a la orilla del Trent, dónde el suave declive de la colina se hacía más pronunciado, mirando la lejanía. El instinto le decía que era peligroso avanzar más allá y permaneció inmóvil en ese sitio, pero su corazón y sus pensamientos estaban muy lejos.
Desde la rama de algún roble, el ulular de una lechuza la hizo volver en sí. Suspiró, lentamente le dió espaldas al río y se internó en el bosque sin mirar atrás.
El sol se ocultó entre los árboles y ella descubrió que tenía frío, un frío intenso que le invadía el corazón y le resecaba la boca.
Julián hijo se acurrucó junto a ella buscando su calor y ella sintió un dolor tan grande y profundo dentro suyo que, de haber podido, seguramente habría deseado llorar y desahogarlo.
Sin embargo, no lloró. En su ser no había cabida para el llanto, porque nunca había visto a nadie llorar y no conocía el significado de esa palabra.
Y, por supuesto, no resulta extraño.
Desde que el mundo es mundo, todos sabemos que los ciervos, no lloran.
Escrito en: 1994
