“- ¿Por eso quieres trabajar en el espectáculo? ¿Para conocer a alguien y casarte?
- Claro, porque entonces yo también seré alguien. La señora de alguien.”
El valle de las muñecas,
de Jacqueline Susann
I
Fulana de Tal ha muerto.
No era nadie y la única persona que lloró en su funeral fui yo.
Treinta años viví con ella, tan estrechamente que muchas veces me parecía que eramos la misma persona. Y eso que somos tan distintas... (Ahora que se murió debería decir “éramos”? No sé, yo sigo “siendo”... Bah, que lo estudien los lingüistas... que sé yo...)
Muy distintas, decía. Yo siempre estuve llena de sueños. Viajar, conocer, tener nuevas y excitantes experiencias. Escribo poesía y en mi juventud hasta estudié piano. Me encanta ir al cine... En fin... mis intereses son tantos y tan variados!
En cambio, ella nunca tuvo otra preocupación que la casa, los chicos, el marido...
II
Yo no sé si es que no tenía sueños o los quehaceres y responsabilidades que asumía como propias no le dejaban tiempo de tenerlos...
Limpiar los muebles y adornos, fregar los pisos, baldear la vereda y el patio, sacar las telarañas, lavar la ropa, colgarla, planchar, zurcir medias, coser botones, cocinar, lavar los platos, arreglar el jardín, atender al perro, bañar a los niños, darles de comer, vestirlos, vigilar sus deberes escolares, acostarlos, atender al inútil del marido y a los suegros, viejos y dependientes de ella para todo.
La larga enfermedad de su madre, que luego del infarto del padre estuvo meses postrada en su lecho sin ganas de vivir y sin terminar de morirse todavía, llorando al marido muerto y a los hijos crecidos y amargándole la vida a todos, pero especialmente a la hija fiel que se sacrificó cuidándola. Y después los suegros, que se le mueren con poca diferencia de tiempo repitiendo la tortura...
Desde luego que una vida así hace que hasta los sueños la rehuyan a una...
III
Y, sobre todo, teniendo a ese asco inútil de marido por toda compañía. Fracasado, siempre descuidado, malhumorado y con ese trabajo de infradotado que no hizo más que embrutecerlo con los años.
Claro que cuando se casaron, él no era así. Ella nunca se habría sentido atraída hacia alguien así, tan insignificantemente poca cosa.
Por entonces, era un tipo pintón de veintitantos, que sin llegar a ser buen mozo resultaba atrayente y masculino.
Se portaba muy bien con ella, era atento y considerado. Hombre serio, de pocas palabras. La escuchaba hablar o la llevaba al cine y a los bailes, lugares donde las palabras sobran. Un tipo sencillo, pero cálido y amable.
No les duró mucho el noviazgo. Tanta amabilidad y calidez combinaron bien con los diecisiete años románticos y sentimentales de ella y hubo que fijar fecha, apresurar la hechura del vestido y hablar con el cura antes de que el engrosamiento de su cintura de avispa resultara muy evidentes para las viejas chusmas del barrio.
Igual, las viejas no pudieron contener la lengua –nada se les escapaba- y algo comentaron en cuanto pescaron los primeros preparativos.
III
En el apuro, el vestido resultó ser demasiado sencillo para mi gusto. La verdad, es que yo primero muerta antes que elegir semejante modista y diseño. A mí me gustan las cosas elegantes y refinadas... pero el tiempo apremiaba y el bolsillo de él andaba escaso, así que a la pobre no le quedo otra que conformarse una vez más, y ya iban muchas...
Como no podía ser de otra manera, la recepción después de la ceremonia religiosa en la misa de la mañana –el civil había sido el día anterior- tenía un tufillo ligero pero persistente a cosa sorpresiva y apresuradamente organizada.
Por ejemplo, el padrino de la boda, que era un amigo de él, tenía puesto un traje color arena y se notaba que se trataba de un modelo viejo, obviamente prestado. Con poco uso, eso sí debo reconocerlo, y si uno lo piensa un poco no es cosa de asombro, porque se entiende que con ese color... En fin, las malas lenguas no dejaron de notarlo... y comentarlo.
Yo misma escuché los susurros y comentarios y agarré al vuelo un par de miradas y revoleos de ojos que no dejaban lugar a dudas sobre lo que pensaban del pobre padrino... ¿cómo se llamaba? ¡Que cosa, che! Como tiende uno a olvidarse de las cosas sin importancia... Lo que no me olvido más, eso sí, es ese color. ¡Dios mío! Parecía arena mojada, en el mejor de los casos. Y encima era tan evidente que se lo habían prestado... Se notaba estrecho en los hombros y corto en las botamangas. Además, el cinturón no resultaba suficiente recurso para disimular que la cintura del pantalón era varios centímetros más ancha que la del portador, que igual, si el tipo comía siempre de la misma manera en que atacó ese día la mesa de los bocaditos no iba a tardar en precisar un sastre que le ensanchase la ropa.
En realidad, ese día todo el mundo comía bastante, como si temiesen que en cualquier momento se suspendiese la celebración y se levantaran las mesas. Y menos mal que se terminaron todo, porque con ese calor húmedo y pegajoso de noviembre, la mayonesa y demás ingredientes frescos iban a ser foco de infección en unas pocas horas.
Los únicos ajenos a la frenética comilona eran los novios.
El, porque aceptaba las palmadas en el hombro y escuchaba las risotadas libidinosas y los comentarios de doble sentido de los hombres presentes y los tragaba con abundante vino blanco, cortesía del padre del padrino, almacenero del barrio, y ahora que me acuerdo, ese fue todo un tema; la elección del padrino.
La madrina estaba dicho que iba a ser la hermana de ella, mayor y ya casada. Pero la elección del padrino no podía resolverse tan a la ligera. Es sabido que el padrinazgo afianza la unión entre las familias del individuo apadrinado y quien apadrina y, por tanto, no es cosa de desperdiciar oportunidades de hacerse buenas relaciones.
La disyuntiva estaba entre a) elegir a un padrino convenientemente dotado de un padre campechano y generoso con los productos de su negocio almacenero o b) elegir al hijo del Doctor, personaje este socialmente influyente y muy respetado, además de ser resultar siempre útil en su profesión.
Se decidió que el primero era el candidato más conveniente a corto plazo. El hijo del Doctor – que empezaba a transitar el mismo camino que su padre- sería designado padrino del primer pibe, con lo cual se evitaba herir susceptibilidades y de paso, se podía garantizar la presencia del galeno en horas tan decisivas como las que sobrevendrían en unos meses. Eso es lo que se llama matar dos pájaros de un tiro...
¿Qué decía? Ah, sí... El novio ahogaba su nuevo estado y su próxima paternidad en vino mientras la novia ahogaba sus nauseas, que no le permitían probar bocado. ¡Y encima, ese calor! ¡Que día! La humedad de la tormenta que se venía era tal que hasta las paredes transpiraban. Los jazmines prolijamente arreglados en el comedor y la sala de la casa de los padres de él, de diseño “tipo chorizo”, como dicen, no alcanzaban a disimular el denso aroma a reunión humana veraniega en espacio pequeño.
Los invitados se turnaban para salir a tomar aire a la galería y con eso solo conseguían formar una sudorosa columna de gente que en su movimiento generaba aun más calor y amontonamiento en el estrecho espacio. Y no es que la galería ofreciera mucho alivio, porque no corría una sola gota de viento...
Cuando al fin se largó la lluvia en forma de finas y abundantes gotas calientes, la humedad y el encierro se hicieron insoportables y los invitados empezaron a irse, dejando a los novios en libertad de cambiarse, descansar un poco de la agitación y las emociones del día y llegar a la estación a tiempo para tomar el tren.
La semana de la luna de miel en un balneario tranquilo se pasó volando y al volver, sus destinos estaban irremisiblemente marcados y ellos habían sido debidamente notificados. El padre de él, que se daba maña en esas cosas, ya los esperaba con una recia cuna de madera de pino, primer regalo para el recio nieto varón que esperaba tener.
La llegada de Marta Isabel, con tres kilos doscientos gramos no melló su orgulloso entusiasmo ni el del padrino de la niña, que convidó a los invitados al banquete del bautismo con abundante tinto añejo para regar el cordero.
IV
La joven pareja de recién casados se convirtió con los años sucesivos en un matrimonio rutinariamente consolidado con tres hijos. Ella se dedicó a la casa, como no podía ser de otra manera. El sólido puesto de sereno que el Doctor consiguió para él a través de una recomendación al dueño de la fábrica de cartón los mantuvo económicamente y proveyó los recursos para criar y educar a los vástagos, que a su debido tiempo volaron del nido paterno rumbo a nidos propios.
Y fue hace ya tres veranos, un par de años después de la marcha del menor, que un día sorpresivamente el dueño de la fábrica oyó la repetida queja del capataz de contratar a un sereno más joven, para reemplazar al viejo. ¡Qué ingratitud para con alguien que tan bien los había servido todos esos años! No hubo nada que hacer, el viejo Doctor había muerto ya hacía tiempo y su hijo no tenía las influencias del padre.
Se lo comunicaron a boca de jarro al presentarse a trabajar, la tarde de un viernes cuando terminaba el turno de los obreros. Para evitar la desgracia y el deshonor de un despido, le ofrecieron que renunciara, con dos mil pesos a modo de resarcimiento.
Esa tarde no volvió a la casa de sus padres, legalmente convertida en su casa a la muerte de aquellos. Ciego, sordo, aturdido por la noticia, apretando en la mano el sobre con los pesos que no llegaban a ser tres meses de su sueldo, camino sin sentido por las calles.
Su vida rutinaria y segura se derrumbó sobre la silla del bar de don Carlos –donde era parroquiano habitual- y su angustia por el futuro amenazador e incierto se ahogó en tres botellas del tinto más caro de la casa.
Al cerrar el boliche, don Carlos y el hijo lo llevaron en andas hasta la puerta de su casa y con ayuda de la esposa lo acostaron en la cama matrimonial con la ropa puesta y los pies descalzos.
V
Lejos de dejar el vino, se hizo su compañero inseparable y ya los otros parroquianos de don Carlos tenían su presencia en el bar como una cosa natural, era simplemente un mueble más. Con el correr de los días solo una cosa cambio, y es que empezó a tomar del vino más barato y que don Carlos lo mandaba a casa después de la segunda botella.
Las mismas viejas – o quizá, sus hijas- y los mismos comentarios de años atrás maliciosos no lograron desanimar del todo a su mujer. Los meses trajeron años. Una nueva rutina se apoderó de ambos. Hasta anoche...
Cuando golpearon la puerta ella supo tan bien como lo supe yo, que la agonía había terminado.
Un golpe firme en la puerta a una hora tardía y aun así temprana para la llegada del marido, era indicio seguro de la llegada de la única visita que sería bienvenida en esa casa.
El mensajero de la parca liberadora vestía de azul y se sacó la gorra al abrirse la puerta:
- Disculpe la hora, pero vengo a decirle que su marido...
VI
Su entereza sorprendió a todos. Llamó a los hijos para darles la noticia, cumplió con la formalidad de identificar el cadáver, preparó los papeles e hizo los trámites correspondientes al llegar la mañana. Regateó los precios abusivos del florista y cocinó las seis docenas de empanadas para aplacar el hambre de los asistentes al velatorio hogareño y al entierro.
Los hijos lloraban por el padre ido y se consolaban entre sí, mientras
Porque
Cuando el sonido de los terrones de tierra al caer sobre la tapa del ataúd se hicieron concisos y definitivos en su oído, se deshizo de sus cadenas y lloró como nunca.
- Pobrecita... –Escuché decir por ahí. Y claro, las viejas esas no podían entender nada.
VII
Nadie más que yo lloró en el entierro de
Dudo que alguien más se haya dado cuenta entonces de que ella estaba muerta y la estaban enterrando.
Pero ojo, yo no lloraba por la muerte de
Yo lloraba porque por fin podría dejar que se desperezaran las ilusiones tanto tiempo adormecidas y sepultadas bajo los quehaceres domésticos y el tedio de una vida sin futuro. Y al llorar, sonreía entre lágrimas.
La viudez barrió con los lazos maritales y ya no existe más “
Rehúso convertirme en la “Viuda de Tal” y mucho menos, ser
Por fin, vuelvo a ser yo misma, otra vez dueña de mi vida y mi destino. Soy libre para realizar mis sueños, para vivir a mi manera, sin lastres ni ataduras.
Yo soy yo. Tengo identidad propia. Y ya no vuelvo a ser el apéndice de nadie, carajo.
Viernes 8 de Noviembre del 2002
En el kiosco, con lluvia y viento.
Escrito en: 2002
-“Volveré pronto”- me dijiste al despedirnos- “Lo prometo.”
Cuando te vi partir, te envié todo mi Amor en un beso.
Fueron muchos meses sin vernos.
Nunca una carta, nunca una noticia tuya.
Y volviste. Pero en el muelle al que fui a recibirte sólo estábamos tú y yo.
Mi Amor se quedó prendado de los mares que navegaste, de las tierras exóticas que conociste, de las ciudades que visitaste, de las frutas y los vinos que probaste y de las hermosas mujeres que compartieron tus noches de soledad.
Sé que en algún lugar distante mi Amor encontró un hombre digno de él y una de las tantas mañanas que amaneciste en brazos de otras te abandonó para encontrar su propio camino.
Por eso ahora paso todos los atardeceres en el muelle, esperando que unas velas blancas me anuncien, a lo lejos, que mi Amor ha vuelto.
Escrito en: 1997
(Primer y único cuento en inglés...)
Alison read the note she found next to her door, smiled, and inmediately put on her coat. She had just got home back from work, a small office where she used to spent her days typing notes and documents for her boss.
Winter weather was specially cruel that year. Somehow that was not important for her when she went down the stairs to get out of the house.
She walked by a few blocks. Streets were empty and dark, but she was not afraid. The small paper inside her pocket was enough to make her feel everything was allright and life was wonderful.
For the past two weeks her life had been sad and lonely. The silent house was a prison, a cold hell for her desperate soul. Not even her cat, Potsy, had been able to make her laugh since that terrible day when everything she loved left the house within her boyfriend´s truck.
-“I should have been prepared!”- she thought that night while her tears went down her cheeks to die on the pillow- “I´ve always known this would happen some day.”
But, you know, thinking about the pain is not enough to make you stronger for the moment when you worst nightmare becomes true. Thinking about the pain and liviving with it, obviously, is not the same.
Those days were the worst she´d ever lived, but now her entire life seemed to be renewed. Her smile was back on her pretty face, and her happiness was caused by a short, male handwritten note, stating: “The TV works again. You can pick it up today around 8 pm. Love, Mark.”
Escrito en: 2006
Hacía horas que yacía sobre el piso frío y húmedo de la celda, esperando.
Agotada por esa guerra interminable, por los incontables días de encierro y la falta de comida; debilitada por la fiebre y desde hacía tres días con sus noches, minada por la desesperación de su ausencia, sólo ansiaba que todo acabara de una vez.
Porque hasta en la muerte había vida y esperanza, si podía morir a su lado, mientras que sin él se sentía perdida, vacía, aniquilada. Sin que nada en el mundo valiera el esfuerzo de seguir viviendo. Lo único capaz de mantenerla viva era el deseo de venganza...
Y estaba esperando que llegara ese momento.
Al principio casi no le había importado que los capturaran, en parte porque no encontraba razones para seguir luchando por una causa justa pero perdida desde que ella tenía memoria, y en parte porque en el calabozo del cuartel enemigo había encontrado algo del silencio y la tranquilidad que en vano buscara en las trincheras, donde el tronar de las granadas y las bombas parecía competir con los ayes y gemidos de dolor de los heridos.
Eran una paz y una tranquilidad ficticias, pero ella se había dejado llevar por la dulzura de esa ficción, sin que su fragilidad pareciera importarle.
No, nada le había importado, porque tenía a Pablo a su lado para abrazarla, protegerla y brindarle su calor. Nada, ni la pérdida de la libertad, ni el hambre, ni la humedad del suelo que le helaba los huesos. Ni siquiera el hacinamiento que percibía en la celda común en que los habían arrojado, porque aunque su visión se veía anulada por la total oscuridad, sus sentidos podían percibir otras respiraciones, otras voces quedas que procuraban no herir el silencio para no llamar la atención de los guardias.
Un día, cuando empezaba a perder la noción del tiempo y a creer que su vida siempre había transcurrido en ese pozo subterráneo, rodeada del mismo frío húmedo y con la misma sensación de vacío en las entrañas, se abrió la puerta y entraron los guardias.
Ella no vió más que sus siluetas, recortadas por la claridad del día que penetró en el calabozo al abrirse la puerta y que la obligó a cerrar los ojos, porque estaba tan débil que no podía soportarla.
Los hombres los asieron con fuerza, levantándolos bruscamente y sacándolos a empujones. Los arrastraron por interminables pasillos, hasta que sintió el crujir de otra puerta y volvieron a arrojarla en otra celda.
Cuando oyó el ruido de la puerta al cerrarse y los pasos alejándose por el pasillo, abrió los ojos y se encontró en un recinto mucho más estrecho que el anterior, surcado por un débil rayo de luz que se introducía por debajo de la puerta. Estaba sola.
Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, al pensar en cual habría sido el destino de Pablo. Se llevó las manos a la cara como para contener el llanto pero no lloró, porque la dura existencia que había llevado le había secado todas las lágrimas. Sólo se encogió en posición fetal, dejándose caer en un vacío de sensaciones.
Cuando recobró la conciencia, trató de asimilar el golpe sufrido y algo del soldado entrenado que había en ella la obligó a concentrarse en su situación para poder analizarla fríamente.
Se puso de pie con dificultad y tanteó lentamente los rincones, asiéndose de las paredes, para reconocer el sitio en que se encontraba. No encontró nada, ni siquiera un camastro donde poder recostarse. Despacio, se dejó caer al suelo y en ese preciso instante se abrió la puerta.
Se cubrió el rostro con la mano para observar que sucedía sin que la luz la cegara, con el ánimo resucitado y el corazón latiendo tan fuerte que parecía querer salírsele del pecho porque vió que se trataba de un hombre y por un momento creyó que podía ser Pablo.
Al ver que no era él se desvaneció su alegría y el hueco no tardó en ser llenado por un odio mortal, porque en el rostro mal afeitado y de ojos diabólicos que la miraban creyó reconocer al comandante de la patrulla que los había capturado y que ahora se cernía sobre ella como un ave rapaz sobre su presa indefensa. Cerró los ojos e intentó refrenar su furia creciente.
El hombre se inclinó junto a ella y acarició su mejilla; tomó un mechón de cabello oscuro y jugueteó con él, mientras la miraba pensativo.
Luego acercó la boca a su oído y le susurró unas palabras, que le hicieron abrir los ojos y mirarlo fijamente. El hombre sonrió con su boca torcida y el odio desbordó en ella, que se lanzó sobre él dispuesta a matarlo.
Cayeron al piso y dos soldados, alertados por el ruido, entraron en la habitación y de un culatazo la lanzaron contra la pared, donde quedó desvanecida, al tiempo que ayudaban a su comandante a ponerse de pie.
– Cuando despierte, dejen que tome un poco de agua.– Ordenó antes de salir.– La quiero viva.
Al despertar horas después sintió un dolor terrible en todo el cuerpo y un cansancio enorme. Todavía sonaban en su ofuscada mente las palabras brutales, intencionadas, malditas, con las que el hombre le había dado la noticia de que, por orden suya, Pablo había sido fusilado.
Ahora también conocía su propio destino, pues lo había visto claramente reflejado en la lasciva mirada de ese asesino a sangre fría.
Dichosamente hubiera llorado hasta morir, desahogando todo el inmenso dolor que la embargaba, pero no le quedaban ya lágrimas... no le quedaba nada.
Toda su vida, su capacidad de amar, de reír, sus ilusiones, habían muerto con él... Apenas si le quedaban fuerza para respirar, pero respiraba porque aún tenía algo muy importante que hacer. No podía dejar que su asesinato quedara impune y el asesino siguiera vivo. Mucho menos que le pusiera esas asquerosas manos encima.
Tenía que encontrar la forma de matarlo, antes de que la mataran a ella. Todo lo que necesitaba era conseguir un arma de alguna clase y esperar la ocasión adecuada. Pero encontrar un arma era un noventa y nueve por ciento imposible y ella no tenía fuerzas suficientes como para matarlo sólo con sus manos, aunque estaba dispuesta a morir en el intento.
Sintió un crujido en la cerradura y se incorporó un poco; la puerta se entreabrió apenas, un soldado asomó la cabeza y al ver que estaba consciente, depositó en el suelo un jarro con agua.
Ni bien el soldado cerró la puerta ella se abalanzó sobre el recipiente y, después de olerlo con cuidado, bebió a grandes tragos todo su contenido, humedeciéndose los labios resecos con la lengua.
Maravillada por esa gentileza, se preguntó el por qué del gesto y encontró la respuesta al recordar el rostro del hombre y sus manifiestas intenciones. Lanzó una maldición y arrojó el jarro vacío contra la puerta.
El jarro hizo un ruido metálico al dar contra la puerta de madera y eso la sorprendió.Entonces tubo una idea y se acercó a la puerta para inspeccionarla. Era muy vieja y estaba construída con varios tablones y reforzada con tiras de hierro cada veinte o veinticinco centímetros.
Tanteó los refuerzos cuidadosamente, casi acariciándolos, los revisó todos... y suspiró. Estaban burdamente asegurados con clavos. Habían sido reparados con descuido mucho tiempo atrás y a ella no le resultó muy difícil desprender uno, luego de pacientes esfuerzos, pues debía hacer todo en el más absoluto silencio. La rabiosa satisfacción de su pequeño triunfo la puso casi al borde de la locura e hizo brillar de odio sus ojos injectados en sangre.
Ahora tenía bien claro lo que haría y estaba dispuesta a esperar la ocasión, pronta a matarlo y darse muerte a sí misma, para poder reunirse con Pablo en algún lugar lejano donde no existiera la guerra, donde no hubiera más muerte, donde nada ni nadie pudiera volver a separarlos jamás.
Fortalecida por este pensamiento, cerró los ojos y se hundió en vacío, esperando.
Despertó del sopor en que había caído justo en el momento en que la puerta se cerraba y una sombra amenazadora empezaba a avanzar hacia ella.
Cuando el hombre se inclinó para tocarla renacieron en ella el odio, la furia, el dolor, la desesperación y todas sus ansias de venganza y saltó sobre él sin darle tiempo a reaccionar.
Una y otra vez hundió el hierro en su corazón, hasta que su sangre la cubrió por completo.
Cuando supo que lo había logrado la fuerza del impulso la abandonó y el peso del hombre la derribó al suelo.
Sobre ella y muy junto a su oído, el hombre exhaló su último aliento y si existe la muerte para el alma, la suya murió en ese instante, porque en su último suspiro, Pablo había pronunciado su nombre.
Escrito en: 1995
Su pulso no temblaba cuando su mano pequeña, con dedos largos y finos de uñas redondas abrió la cartera y sacó el paquete de cigarrillos y un encendedor. Prendió un rubio, aspiró con pereza y exhaló el humo de manera aún más cansina.
Quizá, después de todo, la pesadilla había terminado. Quizá, y sólo quizá, la deuda había sido adecuadamente saldada para todas las partes.”
Ese que puedo leer como si lo hubiera escrito alguien más guiando mi pluma...
Pero es justo que los cuentos vayan apareciendo en el orden en que los escribí.
Así que vamos a pasar a otro del año '96.
Escrito en: 2007
