Hacía horas que yacía sobre el piso frío y húmedo de la celda, esperando.
Agotada por esa guerra interminable, por los incontables días de encierro y la falta de comida; debilitada por la fiebre y desde hacía tres días con sus noches, minada por la desesperación de su ausencia, sólo ansiaba que todo acabara de una vez.
Porque hasta en la muerte había vida y esperanza, si podía morir a su lado, mientras que sin él se sentía perdida, vacía, aniquilada. Sin que nada en el mundo valiera el esfuerzo de seguir viviendo. Lo único capaz de mantenerla viva era el deseo de venganza...
Y estaba esperando que llegara ese momento.
Al principio casi no le había importado que los capturaran, en parte porque no encontraba razones para seguir luchando por una causa justa pero perdida desde que ella tenía memoria, y en parte porque en el calabozo del cuartel enemigo había encontrado algo del silencio y la tranquilidad que en vano buscara en las trincheras, donde el tronar de las granadas y las bombas parecía competir con los ayes y gemidos de dolor de los heridos.
Eran una paz y una tranquilidad ficticias, pero ella se había dejado llevar por la dulzura de esa ficción, sin que su fragilidad pareciera importarle.
No, nada le había importado, porque tenía a Pablo a su lado para abrazarla, protegerla y brindarle su calor. Nada, ni la pérdida de la libertad, ni el hambre, ni la humedad del suelo que le helaba los huesos. Ni siquiera el hacinamiento que percibía en la celda común en que los habían arrojado, porque aunque su visión se veía anulada por la total oscuridad, sus sentidos podían percibir otras respiraciones, otras voces quedas que procuraban no herir el silencio para no llamar la atención de los guardias.
Un día, cuando empezaba a perder la noción del tiempo y a creer que su vida siempre había transcurrido en ese pozo subterráneo, rodeada del mismo frío húmedo y con la misma sensación de vacío en las entrañas, se abrió la puerta y entraron los guardias.
Ella no vió más que sus siluetas, recortadas por la claridad del día que penetró en el calabozo al abrirse la puerta y que la obligó a cerrar los ojos, porque estaba tan débil que no podía soportarla.
Los hombres los asieron con fuerza, levantándolos bruscamente y sacándolos a empujones. Los arrastraron por interminables pasillos, hasta que sintió el crujir de otra puerta y volvieron a arrojarla en otra celda.
Cuando oyó el ruido de la puerta al cerrarse y los pasos alejándose por el pasillo, abrió los ojos y se encontró en un recinto mucho más estrecho que el anterior, surcado por un débil rayo de luz que se introducía por debajo de la puerta. Estaba sola.
Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, al pensar en cual habría sido el destino de Pablo. Se llevó las manos a la cara como para contener el llanto pero no lloró, porque la dura existencia que había llevado le había secado todas las lágrimas. Sólo se encogió en posición fetal, dejándose caer en un vacío de sensaciones.
Cuando recobró la conciencia, trató de asimilar el golpe sufrido y algo del soldado entrenado que había en ella la obligó a concentrarse en su situación para poder analizarla fríamente.
Se puso de pie con dificultad y tanteó lentamente los rincones, asiéndose de las paredes, para reconocer el sitio en que se encontraba. No encontró nada, ni siquiera un camastro donde poder recostarse. Despacio, se dejó caer al suelo y en ese preciso instante se abrió la puerta.
Se cubrió el rostro con la mano para observar que sucedía sin que la luz la cegara, con el ánimo resucitado y el corazón latiendo tan fuerte que parecía querer salírsele del pecho porque vió que se trataba de un hombre y por un momento creyó que podía ser Pablo.
Al ver que no era él se desvaneció su alegría y el hueco no tardó en ser llenado por un odio mortal, porque en el rostro mal afeitado y de ojos diabólicos que la miraban creyó reconocer al comandante de la patrulla que los había capturado y que ahora se cernía sobre ella como un ave rapaz sobre su presa indefensa. Cerró los ojos e intentó refrenar su furia creciente.
El hombre se inclinó junto a ella y acarició su mejilla; tomó un mechón de cabello oscuro y jugueteó con él, mientras la miraba pensativo.
Luego acercó la boca a su oído y le susurró unas palabras, que le hicieron abrir los ojos y mirarlo fijamente. El hombre sonrió con su boca torcida y el odio desbordó en ella, que se lanzó sobre él dispuesta a matarlo.
Cayeron al piso y dos soldados, alertados por el ruido, entraron en la habitación y de un culatazo la lanzaron contra la pared, donde quedó desvanecida, al tiempo que ayudaban a su comandante a ponerse de pie.
– Cuando despierte, dejen que tome un poco de agua.– Ordenó antes de salir.– La quiero viva.
Al despertar horas después sintió un dolor terrible en todo el cuerpo y un cansancio enorme. Todavía sonaban en su ofuscada mente las palabras brutales, intencionadas, malditas, con las que el hombre le había dado la noticia de que, por orden suya, Pablo había sido fusilado.
Ahora también conocía su propio destino, pues lo había visto claramente reflejado en la lasciva mirada de ese asesino a sangre fría.
Dichosamente hubiera llorado hasta morir, desahogando todo el inmenso dolor que la embargaba, pero no le quedaban ya lágrimas... no le quedaba nada.
Toda su vida, su capacidad de amar, de reír, sus ilusiones, habían muerto con él... Apenas si le quedaban fuerza para respirar, pero respiraba porque aún tenía algo muy importante que hacer. No podía dejar que su asesinato quedara impune y el asesino siguiera vivo. Mucho menos que le pusiera esas asquerosas manos encima.
Tenía que encontrar la forma de matarlo, antes de que la mataran a ella. Todo lo que necesitaba era conseguir un arma de alguna clase y esperar la ocasión adecuada. Pero encontrar un arma era un noventa y nueve por ciento imposible y ella no tenía fuerzas suficientes como para matarlo sólo con sus manos, aunque estaba dispuesta a morir en el intento.
Sintió un crujido en la cerradura y se incorporó un poco; la puerta se entreabrió apenas, un soldado asomó la cabeza y al ver que estaba consciente, depositó en el suelo un jarro con agua.
Ni bien el soldado cerró la puerta ella se abalanzó sobre el recipiente y, después de olerlo con cuidado, bebió a grandes tragos todo su contenido, humedeciéndose los labios resecos con la lengua.
Maravillada por esa gentileza, se preguntó el por qué del gesto y encontró la respuesta al recordar el rostro del hombre y sus manifiestas intenciones. Lanzó una maldición y arrojó el jarro vacío contra la puerta.
El jarro hizo un ruido metálico al dar contra la puerta de madera y eso la sorprendió.Entonces tubo una idea y se acercó a la puerta para inspeccionarla. Era muy vieja y estaba construída con varios tablones y reforzada con tiras de hierro cada veinte o veinticinco centímetros.
Tanteó los refuerzos cuidadosamente, casi acariciándolos, los revisó todos... y suspiró. Estaban burdamente asegurados con clavos. Habían sido reparados con descuido mucho tiempo atrás y a ella no le resultó muy difícil desprender uno, luego de pacientes esfuerzos, pues debía hacer todo en el más absoluto silencio. La rabiosa satisfacción de su pequeño triunfo la puso casi al borde de la locura e hizo brillar de odio sus ojos injectados en sangre.
Ahora tenía bien claro lo que haría y estaba dispuesta a esperar la ocasión, pronta a matarlo y darse muerte a sí misma, para poder reunirse con Pablo en algún lugar lejano donde no existiera la guerra, donde no hubiera más muerte, donde nada ni nadie pudiera volver a separarlos jamás.
Fortalecida por este pensamiento, cerró los ojos y se hundió en vacío, esperando.
Despertó del sopor en que había caído justo en el momento en que la puerta se cerraba y una sombra amenazadora empezaba a avanzar hacia ella.
Cuando el hombre se inclinó para tocarla renacieron en ella el odio, la furia, el dolor, la desesperación y todas sus ansias de venganza y saltó sobre él sin darle tiempo a reaccionar.
Una y otra vez hundió el hierro en su corazón, hasta que su sangre la cubrió por completo.
Cuando supo que lo había logrado la fuerza del impulso la abandonó y el peso del hombre la derribó al suelo.
Sobre ella y muy junto a su oído, el hombre exhaló su último aliento y si existe la muerte para el alma, la suya murió en ese instante, porque en su último suspiro, Pablo había pronunciado su nombre.
Escrito en: 1995
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