Todo empezó así,
viéndote.
Como suele suceder con aquellas cosas que uno busca ansiosamente, me tropecé con el amor cuando menos lo esperaba. Digo me tropecé, porque fue así como lo conocí, una mañana como todas que ahora, embellecida por el recuerdo nostálgico de aquellos días, me parece muy hermosa, en uno de esos días soleados de marzo con que el verano comienza a despedirse sin renunciar a su reinado todavía.
Era el primer día de clases, yo desbordaba de la bronceada energía de quien pasó tres meses sin hacer nada más que perder el tiempo, y buscaba desesperadamente algo que valiera la pena.
Tocó el timbre del primer recreo y sin esperar que el profesor abandonara el aula, me paré, abrí la puerta y salí al pasillo. Entré en su aula, en el momento en que él salía, buscando algo que perdió toda su importancia cuando nos chocamos, en el preciso instante en que nuestras miradas se cruzaron y me hundí en las profundidades de sus ojos negros... aunque no lo comprendí sino hasta mucho tiempo después.
Amablemente me cedió el paso y desapareció en el corredor, dejándome con el ánimo sobresaltado y una curiosa sensación en el estómago.
Congeniamos desde el primer día. Tal vez porque como "en el amor y la guerra, todo vale", me las ingenié para forzar las coincidencias y ¡oh, casualidad!, siempre estaba allí donde las circunstancias lo requerían.
Desde aquel primer día lo quise.
Llegó a mi vida con esa sonrisa compradora, capaz de derretir un témpano de hielo, y con mucha más razón a mí, y arrasó todo con su facilidad de palabra, siempre con un chiste en los labios, con una personalidad y un encanto únicos.
No recuerdo quien nos presentó, o en que circunstancias, pero ya en aquella primera semana abrimos la puerta a la amistad y nos aventuramos a través de ella, primero con gran cautela y luego con total confianza.
Todavía puedo precisar cuando fue la primera vez que nuestra relación salió de los límites de la escuela. Fue un martes por la noche. El reloj de la cocina marcaba las 21:25 y toda mi familia se encontraba reunida alrededor de la mesa cenando y viendo un capítulo de los Simpsons.
Sonó el teléfono y yo tardé poco en comprender que nadie pensaba abandonar su asiento para ir a atenderlo, de modo que me resigné a pararme y levantar el tubo. Su voz me llegó como algo lejano desde las profundidades de la memoria, pero mi incredulidad pudo más y pregunté quien hablaba.
- "¿Cómo quien habla?"- Me preguntó. Y yo, para no dar a entender que lo tenía tan presente como para reconocerlo de una, insistí con la pregunta.
En la voz desganada con que me dijo su nombre, creí notar algo de desilusión porque no lo había reconocido y fue tanta mi alegría que olvidé que por su culpa me estaba perdiendo el final un capítulo de los Simpsons y el comienzo del otro (¡en esa época eran estreno!), que mi comida se enfriaba en el plato, que había bajo mis pies un mundo que giraba... todo. Todo lo olvidé, porque él me había llamado. Porque recordaba mi número pese a que, días atrás, cuando yo se lo había dicho, no lo había anotado... Porque tenía algo que contarme y no había podido esperar al otro día, para decírmelo en la escuela.
Como salíamos en horarios diferentes, en aquellos tiempos sólo hablaba con él durante los recreos, diez preciosos minutos que nunca duraban bastante y esa noche hablamos veinte minutos sin interrupciones de ninguna clase.
Desde entonces, en forma más o menos regular, empezó a llamarme todos los días. Cuando hubo detectado el horario en que llegaba a mi casa, era corriente que yo cerrara la puerta de calle y sonara el teléfono.
A veces, muy raramente, yo retribuía los llamados. Por lo general lo hacía cuando, al volver a casa, me enteraba de que él había llamado. Entonces yo solía preguntarle: "¿Para qué me habías llamado?" a lo que él, invariablemente, respondía: "Porque no tenía nada que hacer".
Y así llegamos al 25 de Mayo, que es desde entonces, mi fecha patria "favorita". Pasaron lo años pero hay cosas que no se olvidan. Ese día, en la última hora de clase, hubo un acto al que concurrieron todas las divisiones, sin excepción. Cuando terminó, fuimos caminando juntos siete cuadras hasta donde cada uno tomaba su colectivo.
Me acompañó primero a tomar el mío y yo, deseosa de estirar cada segundo que pasaba a su lado, dejé pasar un colectivo tras otro hasta que la situación se hizo insostenible. Nos despedimos y llegué a mi casa extasiada, con corazoncitos en los ojos y unas ganas inmensas de saltar y gritar, como me sucede siempre que estoy eufórica por algo.
Llegó Junio. Un lunes caí en la escuela como si nada, y al toque de timbre del primer recreo abrí la puerta del aula para encontrarme con él, que por todo saludo me dijo:
- A vos te estaba buscando. -Y agarrándome del brazo me sacó al pasillo. -Tengo un problema.
Y yo, ilusa, pensé: "¡Me tiene confianza! ¡Me va a contar un problema!".
-¿Qué es? -Pregunté.
-Me gusta una chica. -¡Quieto, corazón, dejá de latir en esa forma! Y, sobradora, le espeté:
-¡Por favor! ¿A eso lo llamas "problema"?
-Es que no sé como declararme...
-No sé qué decirte. -Empecé- Yo no entiendo nada de estas cosas. Mirá si te digo: "Andá y decile esto" ...y después ella te dice que no.¡Me matarías!
-No importa. -Me aseguró- Lo que vos digas va a estar bien.
-Es difícil. No sé quién es ella o dónde te pensás declarar... No es lo mismo en un cine que en un bar...
-Hacé de cuenta que se lo tengo que decir durante un recreo de la escuela...
Si acaso quedaba alguna duda, eso me bastó para saber que era lo que seguiría. Aún así, lo tuve algunos minutos dando vueltas, mientras hacía tiempo para pensar en lo que le respondería, pues entre otros defectos, soy un poco cobarde para estas cosas y me temblaba todo el cuerpo en el momento en que me dijo el nombre de la chica que le gustaba ...y que era mí nombre.
Escrito en: 1996
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hasta hoy?
q lindo! re tierno..me gusto.
Veronica dijo...
19 de agosto de 2008 a las 17:11
Verónica:
no sé si decir por suerte o por desgracia... pero no.
Fue toda una historia de amor adolescente, lástima que de parte de él se acabó muchos, muchos años antes que de parte mía. :)
Igual, bien dicen que un clavo saca otro clavo... Gracias a otros ojos color lo superé. :D
Un beso.
Mariana dijo...
20 de agosto de 2008 a las 14:08