El quiere matarme. Me odia casi tanto como su familia. Quizá más, porque por mi culpa su familia discute con él constantemente.

¿Por que a mí, Dios mío? ¿Por que mi destino tiene que ser este? ¿Porque quiero vivir mi vida a mi manera?
Mario conoce mis gustos, mis deseos, mis ilusiones. No los comparte. Es más, los combate, avergonzado. Por eso no me deja libertad, no me permite salir. Ya no quiere que nadie me conozca.

Su familia (debería decir mi familia o nuestra familia, pero el odio que me tienen me hace rechazar esa idea con tanta fuerza como me rechazan ellos a mí) tiene una posición socialmente encumbrada .






Una dinastía casi principesca, los Conti. No desde los orígenes, desde luego. El primer Conti que pisó el país venía famélico y piojoso, escapando de la miseria de la Sicilia campesina y de la policía, que lo buscaba para arreglar cuentas sobre el hombre que quedó tirado en el bar después de una afortunada -y bien regada de vino- partida de naipes.

Hombres eran los de antes. Esos sí que sabían tratar a las mujeres, educar a los hijos y llevaban los pantalones bien puestos. — Repite siempre el abuelo Conti, hoy avejentado, con los huesos carcomidos y la piel marchita, pero los ojos brillantes y fogosos como aquel día lejano que pisó el puerto por vez primera. — Todo esto lo hice yo solo y no voy a dejar que los que vengan después de mí socaven el honor de la familia.

Este tipo de frases tiñen de silencio las comidas familiares, mientras su mirada adusta se posa alrededor de la gran mesa escrutando las caras de los comensales. Por esta razón rara vez hay invitados a la mesa. Así, vergüenza y reproches quedan a salvo en la intimidad de la familia.

Yo soy el secreto mejor guardado. Hasta aquel desgraciado cuyo dinero manchado con sangre pagó el pasaje en tercera clase del abuelo Conti puede ser nombrado en la mesa. Casi diría que se lo honra como a un antepasado más. Después de todo, era un hombre "de los de antes".

A mí no me menciona nadie en la mesa. Los empleados no hablan de mí y si notan mi presencia se escabullen al instante sin dirigirme la palabra ni mirarme, temiendo ser castigados por darle importancia a algo que no la tiene.

Porque yo no soy alguien para la familia Conti. No soy nadie, o mejor dicho, soy "algo". Soy "eso" que hay que esconder celosamente y cuyas evidencias hay que combatir para que nadie sepa...




Mario tolera todo esto porque está avergonzado de mí. Aunque a veces intenta ser más tolerante y aceptarme tal como soy, al final siempre prevalece su cobarde respeto por los mandatos familiares aunque se siente cada vez mas agobiado por tantas presiones.

Yo, por mi parte, ya estoy harta de que me sofoquen. Quiero salir al mundo, vivir mi vida. Cada día me revelo un poco más. Y por eso él ahora planea resolver todo con su muerte... y la mía.

Anoche, después de la cena (el abuelo estuvo especialmente agresivo con su discursito), él subió como una tromba a nuestra habitación, se encerró con llave y revolvió todas mis cosas. Dio vuelta los cajones, tiró mis exquisitos perfumes importados por el inodoro. Destrozó lo que pudo y luego envolvió todo en una sabana que arrancó de la cama. Para terminar, tiró el fardo por el balcón, que da al jardín del frente, exponiendo nuestro conflicto en las narices de los vecinos que nos espiaban a través de las cortinas de encaje. En seguida alguien metió el bulto adentro de la casa por la puerta de servicio, supongo que más tarde lo sacaron en discretas bolsas de basura a la vereda.


El nuestro es un barrio de casas regias donde vive gente que soluciona sus conflictos puertas adentro. Aquí no se estilan estas cosas y el abuelo seguramente estaba rabioso por la escena que quiebra la soberbia imagen de familia respetable que tanto se empeñó en crear y mantener.

Esta mañana yo no bajé a desayunar, hubiera sido una provocación y sé bien cuando estoy caminando en el límite de lo permitido. Además, yo no quería verles las caras porque después de todo, lo que Mario hizo es culpa de ellos. Ellos lo instigan. Si estuviéramos nosotros dos solos sería todo bien distinto. Mario entendería que yo soy una mujer que necesita realizarse, que tiene anhelos y ambiciones y que no hay nada malo en ello.
¿A quien podría perjudicar siendo yo misma?



El se siente ahogado y yo lo comprendo. Pero lo que piensa hacer no soluciona nada. La muerte es un escape, no una solución a los problemas. En lugar de alejarse de la familia para vivir plenamente por vez primera, quiere matarnos de un disparo y acabar con todo, con él mismo y conmigo al mismo tiempo.

Mario no comprende que nuestra muerte es la solución que más les conviene a ellos, que lo acallarán para no quedar socialmente expuestos.

No comprende que inventarán mil mentiras para tapar la verdad.

No comprende que los muy hipócritas llorarán durante todo el velatorio como si nos hubieran querido, golpeando con falsa pesadumbre el cajón cerrado. Porque va a estar cerrado, desde luego.

Así nadie podrá ver que ese cajón encierra el secreto mejor guardado de la familia Conti, tal como el cuerpo de hombre de Mario Conti me encierra a mí… a Clara, una mujer llena de vida que solo quiere una oportunidad.

2 críticas constructivas:

Uf, las formas

16 de diciembre de 2010 a las 14:49  

La presión frente a la mirada del otro...



Gracias por pasar y comentar! :)

18 de diciembre de 2010 a las 9:50  

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